sábado, noviembre 06, 2010

¿Qué nos ha pasado?


¿Qué nos ha pasado?

Nos ha pasado que nos hemos dado cuenta de lo que pesa este mundo. Nos hemos dado cuenta, cada uno de una manera, de nuestra precariedad, de nuestra vulnerabilidad. Nos hemos colocado frente a nuestra impotencia.

En todo caso, yo no sé si quiero especular en plural sobre algo que sólo es fruto de la experiencia de cada una de nuestras máscaras. Así mismo, no sé muy bien lo que significa sujetar las riendas de la propia vida, pero cuando intento pensar sobre ello siempre acabo convencido de que esa pretensión, como la de la felicidad se obtiene transversalmente, es decir sin perseguirla de manera calculada y racional. Sin duda esta certeza es una forma de potencia difícil de fagocitar por la movilización global.

Constatar lo que ha pasado. Ahí sí que cabe el plural porque pasó para todos nos-otros, pero como por más que nos empeñemos “lo histórico” no nos proporcionará más seguridad, ni será capaz de penetrar mejor en nuestro desasosiego, intentaré reflejarlo en tercera persona del singular.

La derrota del movimiento obrero, la muerte de la esperanza, se pudo producir en 1938 o en 1978, ¿qué más da?. Para un alumno de secundaria las dos fechas pertenecen al mismo tiempo que el del Cid Campeador. Ese chico arrojado al individualismo necesita saber qué puede hacer con su soledad. Él no ha llegado al yo desde el nosotros, su querer vivir le muestra una Realidad absoluta llamada capitalismo o naturaleza. Él quiere estar con sus amigos y abrazarse con ella, pero la realidad le dice que su vida no es suya mientras no la haya pagado toda. Este es su drama. Esto es lo que le pasa. Es tan sólo una marioneta que esta constituida por una derrota que no vivió. Todo lo que merece ser amado está fuera de la realidad, es irreal. Él sabe que es un ángel que debería heredar la tierra pero las instituciones del Estado poniendo en marcha su copertenencia con el capital le indicarán el camino de la realidad invitándole a construir su marca personal y a esforzarse para poder comprar momentos de realidad virtual. Poder y capital le dejan muy claro cuál es su sitio: “o te dejas marcar, o quedarás estigmatizado en las sombras”.

El chico de secundaria carece de refugios. No hay salida y sin embargo no quiere arrodillarse ante la realidad, él ama, piensa y resiste incendiando los contenedores de basura en el centro de París. (O simplemente se construye su marca, obedece, prepara su currículum, ¡a ella ya la abrazará después!).

No es que quien ha quemado los contenedores se escape al marcaje, pero quien se ha rebelado una vez ya siempre sabe cuándo se está traicionando y su marca no le es propia.

Para los que todavía pudimos oler los últimos efluvios de la identidad-trabajo y encontramos en ellos un refugio que llamábamos nosotros, es una satisfacción saber que ya nadie podrá esconderse allí.

Quien quiera amar habrá de exponer su cicatriz al viento.

Desde ese territorio sin refugios, a la intemperie nos gusta decir, es el lugar desde el que hemos querido pensar, amar y resistir en estos últimos años.

Más difícil es entender lo que nos ha pasado en este trayecto y por eso, aquí yo, intentaré hablar en primera persona.

En mi experiencia cuando me he intentado enfrentar al vacío que se abre tras mi progresiva asunción de la derrota, (de la destrucción de la estructura de la espera), mi querer vivir no ha encontrado apoyo en la realidad de lo real, quiero decir que mi querer vivir no sabe, no quiere, o no puede habitarla. Yo sí. Puede ser que no alcanzara a verla tal como es, la realidad, pero si sé que siempre supe sacar fuerza para enfrentarme a las diferentes hipóstasis con que se me presento. Hoy la duda (de si alcanzo a verla tal como es) ha terminado, porque la realidad se ha hecho omnipresente y también hoy, convertido tras una larga lucha en un don nadie, me siento más preparado que nunca para la experiencia de lo común.

Mientras me enfrentaba a las diferentes caras de la realidad hube de invocar al guerrero porque aunque su carga estética resulte tan ridícula como cualquier otro intento de resucitar la tragedia o alguna épica menos antigua, no veía ni veo (ahora mucho menos), manera alguna de buscar salida, de dejar de ser ciudadano sin pasar por el ejercicio de velar las armas para la lucha.

No se trata de montar un ejército de guerreros solitarios, sino que el hecho mismo de ser capaz de intentar la experiencia de lo común requiere de grandes batallas contra uno mismo. Para esas batallas se necesita al guerrero, la conquista de la libertad vendrá junto con -nos- y los –otros- y el guerrero quedará diluido en el anonimato. Hace falta un guerrero para dar la batalla desde el impoder, acaso la armadura de este guerrero sea la desnudez, pero hace falta un guerrero para dar el salto de la impotencia al impoder.

Para seguir con este “qué me ha pasado” os hago partícipes de una pregunta que me he atrevido a hacerme, me planteo seriamente si hay cosas más importantes que la vida, y estoy tentado de contestarme que sí, es más, estoy seguro de que muchas veces sin darme cuenta de que me había hecho esta pregunta ya me había contestado que sí, (incluso cuando quise ser un imitador de Nietzsche, y lo que creía es que la estaba afirmando) e intuyo ahora que era de esta manera porque confiaba en alguna “sabiduría del cuerpo-todo” que puede verbalizarse con la frase bíblica de “quien quiera salvar su alma la perderá”. No sabría decir porqué ésta frase me adviene como una verdad plenamente veraz, por más que no participe en modo alguno de la Realidad absoluta.

Juraría que algo en mi hace preferible luchar contra la angustia y el insomnio a soportar la plácida seguridad del confort previsible.

A veces tengo miedo.

Me pregunto de qué tengo miedo y las respuestas que soy capaz de darme me provocan una sonrisa melancólica. Sin embargo hay un ensalmo funesto que aún me asusta: “aquí todo está bien y tú no haces mucha falta”.

No sé donde está el inicio, (no el origen sino el inicio) de una pulsión que quiere vivir ejercitándose con otros (con vosotros) en las lides necesarias para una vida política colectiva exenta ya de los viejos esquemas de eficiencia y rentabilidad de la intervención. Pero a ello estoy decidido.

Sigo pensando que estar juntos en un espacio donde “convivenciar” navegando (no soy tan ingenuo como para imaginar que pudiera sumergirme) sobre un tiempo sin pretensiones de rentabilidad, me permite otro modo de atención para detectar de qué manera mi vida es la propia forma de dominio.

Apuesto por soñar que en la repetición de este gesto que desplaza los ritmos del tiempo y la cualidad de las miradas está el embrión para crear un mundo en el que puedan inventarse estrategias para agujerear la realidad.

Apuesto por habitar (aunque sea intermitentemente) ese espacio como experimento con gente preparada para no esperar nada:

- Experimento a la escucha de cómo en los aspectos de la cotidianidad, mi vida se pone al servicio de la reproducción del capital.

- Experimento abierto a muchos otros, para que otras voces me ayuden a cambiar el punto de mira desde el que disparo palabras oxidadas. Una llamada a ponerme fuera mirando a los ojos del otro.

- Experimento para irme vaciando de la mierda acumulada en mi vida privada. Un no lugar donde unilateralizar mi querer vivir que se ha expuesto con el de otros, separado de las seguridades del dulce hogar.

- Experimento para desordenar la realidad que trae las palomas en el cajón de las palomas, las serpientes en el cajón de las serpientes y los pañuelos en el cajón de los pañuelos.

- Experimento para pensar mi autotransformación con la intención de ser más fuerte y valiente. Consiguiendo un espacio desidentificador que me haga admitir que no conozco al otro (cuando es el amigo), pues esta es condición de posibilidad para la construcción de un nosotros.

Habré de estar despierto para que no se convierta en un refugio para mí, ni para nadie. Esta es parte de mi guerra.

Sin grandes pretensiones, pero yo querría hacer posible un territorio capaz de desafiar mi propia vida y de arrancarme los acomodos de mi alma acobardada por la realidad. Cualquier pensamiento de lucha o liberación que saliera de un laboratorio así sería un pensamiento dotado de un gran espesor existencial.

Apuesto por un taller detonante de espacios del anonimato. Un taller para ensayar el espaciamiento del espacio, que si bien no tiene la resonancia épica del banco okupado en la plaza de Catalunya, sí que permite atender el susurro del otro y de “lo otro” en mi. Querría acercarme a ese territorio no como a un lugar, sino como a un espacio en el que fuera posible la paradójica fuerza necesaria para impulsar el anonimato.

Un espacio en el que seamos conscientes de que hay algo indescifrable para nosotros mismos en nuestro querer vivir que merece ser atendido y experienciado.

Miguel Angel.

1 comentario:

David dijo...

reconozco al muchacho de secundaria descrito más arriba en mi propia experiencia y en el protagonista de la novela que, a partir de ella, he intentado escribir.
podéis descargarla gratis aquí:
http://davidmatias.wordpress.com/principio-de-incertidumbre/
anticapitalismo sin dogmatismos.
quizá alguien más pueda reconocerse.